domingo, noviembre 30, 2008

Acantilado

¿Cómo?

¿Volviste sin mí?

O sea, es más bien que nunca hemos ido, pero yo ahí estaba. Esta vez he faltado a la cita a la que nunca iba invitada pero, créeme, no me he dado ni cuenta.

Ni siquiera mi fantasma ha visto esa puesta de sol.

Cuéntame entonces --así como un cuento de niñas-- ¿cómo son los acantilados sin mí?

Ya sé, son la misma poesía rota por la fuerza de la mar de siempre.

Pero estos eran distintos, ¿no? El sol de las tardes lisboetas les daba no sé cómo por detrás y de alguna forma que nunca supe bien describir se hacía tu sombra a mi costado, llevabas sombrero. Sí, ese sombrero que llevas siempre desde que eres otro, incluso ahora que eres el de siempre pero que es invisible, como tu recuerdo.

Mastico mieles desde hace tiempo. Y almuerzo papel periódico para no olvidarme.

Ya no me duele el alma --¿desde cuándo duele lo que no se tiene?-- y los fados han pasado al inventario ahora sólo retumba la cueca: cueca chilena, cueca boliviana, zapateo y !adentro!...ya no sé que quedo afuera.

Ya no aspiro subir al cielo --donde te dejé colgado-- al contrario zapateo y zapateo por el cementerio hasta romper la tierra, abrir la herida. !Dejad que el infierno venga hasta mi! que, mañana, el cielo, de puritita pena, va bajar a visitarme.

Ya lo decía el profeta "un día de abril se va a arrimar a los finales de noviembre".

Lo que pasa es que ésta única vez se me olvidó abrir el calendario.

miércoles, noviembre 26, 2008

¿Dónde?

¿Entre la piel que dibuja mi alegría y la carne que resiente mi dolor? Es decir, ¿fluyendo para mantenerme en pie, sagrando? ¿Dónde? ¿Entre tu recuerdo que nunca -siquiera cuando era verdad- fue más que eso?

Sonrío, el espejo no me cree.

Entonces, ¿dónde?

Hay quiénes saben dónde y a veces vuelven, me lo susurran. Escribo dos, tres letras. Cantan dos, tres recuerdos. Siento dos, tres latidos y se vuelven a ir con su secreto.

Nuestro Ángel, mi Guerra.
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Canción para cantar una canción
(Ángel González)

Esa música...
Insiste, hace daño
en el alma.

Viene tal vez de un tiempo
remoto, de una época imposible
perdida para siempre
Sobrepasa los límites
de la música. Tiene materia,
aroma, es como polvo de algo
indefinible, de un recuerdo
que nunca se ha vivido,
de una vaga esperanza irrealizable.

Se llama simplemente:
canción

Pero no es sólo eso.

Es también la tristeza.






Pd. En enero de este año tras la partida de mi Ángel (González) escribí este homenaje, días más tarde comencé a abandonarme. Mi novio, Pedro Guerra, acaba de escribir esta hermosa canción/añoranza para él, se llama "los mejores se van". Te extrañamos Ángel..."que Dios en quien nunca he creído, bendiga tu luz".

lunes, noviembre 24, 2008

La verdad

Aunque lo he ido masticando hace ya muchos meses creo que la única verdad respecto a este espacio es que quiero sacar a la tecnología de mi vida.

Hace tiempo sentía un cierto tipo de extraña admiración por la gente que sabe de tecnología y hace cosas desde una computadora, cosas como su vida y su trabajo, ahora siento pena y un día que me ví en el espejo resulta que yo me había convertido en una de esas personas; fue un poco que me dí cuenta porque ví el deterioro de algunos amigos a quiénes lo que había dentro de una computadora les provocaba rabia y yo los empecé a desconocer cada vez que la encendían. Fue, también, porque un día que traté de hablar con una amiga y ella muchas veces no me respondía porque estaba chateando, yo estaba llorando. Tiene que ver también porque la persona con la que pasaba horas y horas hablando de nuestro país, hablando mucho de libros, de filosofía, de economía (él no lo sabe, pero yo creo que lo intuye) está desaparecido y siento que me hace mucha falta, una real falta en mi vida.

Yo me enamoré por internet el 2001, tenía 19 años y a pesar que estaba terminando la universidad era bien chavita en términos de manejar/entender mis emociones, tenía un discurso maduro y mis actitudes eran inmaduras. Ahora, que he crecido, me asumo como la caótica combinación de madurez e inmadurez y, realmente, cada vez me importa menos andar fingiendo. Pero el asunto era que este niño y yo teníamos nuestra historia, luego lo conocí en México y lo quise, nos quisimos mucho. Pasaron muchas cosas entre nosotros pero con el tiempo la verdad es que he olvidado la mayoría; porque lo nuestro se fundaba en una relación que teníamos, la mayor parte por internet, ahí entendí que las charlas de chat se guardan muchas veces en el disco duro y pocas en la memoria; porque la memoria es más extrasensorial, va guardando sin que nos lo propongamos realmente; al computador basta con darle "guardar".

Meses después de que él terminó conmigo tuve que ir a estudiar a México, a Queretaro (él vivía en San Luis Potosí) y ni siquiera estando ahí lo extrañaba, de hecho ese tiempo que estuve allá no lo ví una sola vez aunque hablamos por teléfono y estábamos a dos horas de distancia.

Ahí entendí que en realidad nos habíamos construído mutuamente nada más que en castillos de ilusiones en clave de emoticon.

Y, claro, juré no volver a depositar mi vida a un computador. Pero mentía. Hace tiempo había ingresado a un grupo de utópicos a quiénes Silvio Rodríguez llamó la "Tropa Cósmica" y desde ese día esa ha sido mi casa, mi refugio. Sin embargo sólo permito entrar a mi vida a la gente que conocí en ese entonces, al resto la conozco en persona o, definitivamente, no la conozco y actualmente la lista de correos es sólo una herramienta, no dependo de ella para ser tropera ni para que mis hermanos se acuerden de mí y sepamos de nuestras vidas, de hecho en mi vida material estoy rodeada de troperos (no me dejan vivir! já!) soy parte de sus familias, de sus vidas, ellos parte de la mía; existimos de verdad porque así nos lo hemos propuesto.

Y luego aparecieron los blogs, debo decir que en el caso de concienciobediencia la tecnología creo la necesidad y acá, en este momento, estoy ejerciéndola, me pregunto, por ejemplo ¿realmente le interesa a usted, querido lector, que haya tenido un novio por internet a mis 19, eh? No sé...y cosas así que yo me pregunto muchas veces cuando termino de leer algún post o cuando termino de escribirlo: los porqués ¿debe haber por qués?

En general en mi vida siempre trato de justificar mis acciones me gusta tener el control de lo que hago y los objetivos claros, sé, también que la irracionalidad es un por qué válido y que hay que saber reconocer cuando dirige las acciones de uno.


Entonces, ¿será la eterna necesidad de comunicarnos? Y porque, entonces, le "comentamos" a alguien que escribe "estoy deprimido, ayúdenme" y no somos capaces de preguntar que le pasa a ese señor que tiene en la calle un cartel que dice "regálame una moneda, ayúdame" ¿no son, acaso, contenidos similares con soportes distintos?


Soy una convencida de la multipolaridad de las cosas pero también soy una convencida de que cuando algo en vez de darte, empieza a quitar, hay que saber decir basta.

Y, cada vez, me pasa con más frecuencia, que este espacio me quita (últimamente el sueño porque no sabía de que escribir y uno cree que tiene la necesidad de escribir) en vez de darme.

Que yo misma, en él, quito (le estoy quitando su tiempo) en vez de darle (algo a usted, a vos).

Lo que dan las cosas, personas, espacios, momentos nunca es eterno.




Pd. Les dejo un video que me muero por compartirles hace tiempo, pero que no sabía que ponerle así que no le pongo nada. Es Manuel García tocando una versión de Santiago de Chile de Silvio Rodríguez con un arreglo de "The Wall" de Pink Floyd que tocó en el aniversario de 100 años del natalicio de Allende. Una joyita.

Pd2. Espero alargar la reflexión luego, queda pendiente mi posición sobre el insufrible twitter y mi batalla resistente contra facebook, en todo caso por el momento, sobre estos dos instrumentos, sé que me estoy perdiendo algunas cosas pero que estoy segura que estoy ganando mucho más precisamente por perdérmelas.

Pd3. El asunto de Kamchatka es similar pero con otro argumento, más teórico, corresponde al experimento que ese espacio representa, al lugar al que quiso pertenecer. El novísimo "espacio público" se acerca más a una quimera que a una realidad. Hay que terminar de cerrar el círculo, hay que ser sinceros, pero cautos a la vez.

domingo, noviembre 09, 2008

Toquinho

Hoy lo ví.

Es un genio de la guitarra.




Y, un maestro en el escenario.



Pareciera que fuí sola pero en realidad el sabueso, el germán y el hit estaban ahí conmigo.

Pd. Hace 6 horas que acabó el concierto y ya estaban estos dos videos en youtube, la fuerza de "aquarela" nunca queda mal y la maestría de la ejecución de la guitarra en honor a Jobim es un lujito aparte.

lunes, noviembre 03, 2008

Crecer




Hace poco me fuí de campamento con un par de amigos. En una de esas vueltas mi amiga volvió a reiterar su recurrente mal, aquello que ella llama "conflicto con el mundo adulto". En realidad basta con prestar atención a sus múltiples -y sonoras- manifestaciones de asombro o sus añoranzas, casi cotidianas, por tomar cervezas en el pasto de la universidad en la que estudió el pregrado y hoy le cobija el postgrado que ya termina, para darse cuenta de que ese conflicto es una constante en su vida.


¿Será por todo eso que nos hizo cometer la locura a tres jóvenes serios, responsables (já!) y que hasta hace un par de años eran unos perfectos desconocidos, de dormir dos noches seguidas en la mismísima naturaleza? No lo sé, pero es probable.

En un principio yo me identificaba con su "conflict" haciéndola parte de mi historia. Desde que tengo 14 años que me señorean en la calle, siempre he podido ingresar a las discotecas cuando era menor de edad y mi hermano mayor (por 5 años) se quedaba fuera buscando su carnet, nunca en mi vida había tenido amigos menores que yo, siempre fuí la "feta" de todos los grupos, nunca en mi vida he tenido una pareja seria menor de 30 años.

Hasta el otro año...

Que empecé a conocer chicos y chicas exitos@s de menor edad que yo, empezaron a ser mis amigos, que empezó a molestarme que me señorearan por la calle, que me siento halagada si me piden carnet en un lugar, y hasta puedo decir que estoy pensando seriamente en pedirle a un niño !2 años menor que yo! que salga conmigo.

Y eso que 26 años no son nada.

Sin embargo he pensado seriamente durante todo el día en si podría volver exactamente un año para atrás, aquél mes en que no entiendo como pude ser tan pero tan feliz. Y la respuesta es contundente: NO. Ni un año, ni dos, ni cinco, ni diez, ni todos para atrás.

Pues con el tiempo he aprendido a devolverme, con maestría, hacia mis recuerdos y cada día aprendo a hacerlo mejor, y aquello que era un recuerdo puro y duro a medida que es más masticado se vuelve mejor, le voy agregando una canción, una frase, un poema, un libro; mientras más me esfuerzo en estar donde ya estuve, mejor se vuelve ese añorado lugar al que sé que nunca termino de llegar.

Sé bien que a ese lugar no se puede volver, no hay cómo, sólo voy, sólo estoy yendo.

Y hay cosas que la "adultez" quita pero a la vez regala otras tantas.

Pienso, por ejemplo, en la Valentina, quien hace casi 3 años me destronó del lugar de hija menor, la regalona de la casa. Y cada vez que la veo me alegro de que así haya sido ahora no seré, para ella, la hermana celosa con la que pelea por los juguetes y los cariños, sino todo lo contrario, seré la hermana que sabe de memoria con que libro debe empezar a enseñarle a leer, cuál debe abrir a los 13,a los 14, a los 15, hasta los 26 (esos que yo vengo leyendo a destiempo).

Pienso que en la "adultez" también he transformado a mi mamá. Ya no es, ella, la ogra que espanta a mis amigos; sino la mujer joven que se toma varios vinos con su hija (aunque lo deteste) y por quien los amigos preguntan siempre.

Pienso que la "adultez" me va permitiendo darle consejos a mi papá, retribuirle de esta forma los miles de consejos con los que soy la mujer que ahora me gusta ser.

Pienso que ahora, en la "adultez", cuando mi perro killer se vaya al cielo de los perros, le daré un beso de partida por habernos hecho tan feliz en vida, no lloraré egoístamente pensando que es el fin del mundo como cuando se fue mi primer perro.

Ya no sólo pienso, sino que sé con certeza que tomar té con caucas con mi papá vale más que salir con el chico más churro de La Paz city. Sé, también, que no me cuesta nada cerrar la compu si alguien que me necesita quiere hablar conmigo -el trabajo/estudio siempre espera-, sé que no cuesta nada no contestar el teléfono si es que estás donde quieres estar, sé que puede estar apagado sin miedo a que te estés perdiendo algo. Sé que puedes, también, no contestarlo si, simplemente, no te la gana, la gente que te quiere sabe entenderlo. Sé que si te da la gana de llamar a alguien porqe soñaste con esa persona hay que hacerlo. Sé que las despedidas son tan lindas como las bienvenidas. Sé que los rituales son importantes.

Estoy segura que río más, lloro más, escribo y leo más, beso y me besan más, me gustan más los globos y los papalotes, juego más, canto cada día más alto y con más pasión, bailo más a menudo en la calle, me quedo más seguido a charlar con gente en las aceras, veo más películas, sueño más y recuerdo más mis sueños, disfruto más mis momentos solas y valoro mucho más a mi familia.

Y si bien a veces me acuerdo de él y me dan ganas de volver, sé que ahora es mío ya no de aquella jovencita que desde los 22 años sólo sabía verlo como un imposible. Ya sé que lo imposible es posible y una vez que lo es no se queda en las manos para siempre, pero si en el corazón y en la mente, ahí si, ahí si para siempre.

Volteo poquito para atrás y nada de esto pasaba cuando tenía, digamos, 20 años.

Y sonrío en complicidad conmigo misma. Recién voy en la tercera parte de este camino.



Pd.
Clau, esta es la canción que te prometí. Y te regalo, además, el ensayo que viene abajo, es el que me inspiro todo este rollo.
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Don del Tiempo

(Ángeles Mastretta)

Le tememos al tiempo porque nos desgasta con su diaria cercanía, igual que hace el agua con las piedras a las que lame disimulada y constantes todo el día y todos los días.

Desde las épocas en que se hizo famosa la fuente de la eterna juventud hasta las cremas francesas con liposomas, desde el espejo y las pociones de la madrastra que odiaba a Blanca Nieves hasta la gimnasia como deber religioso y la cirugía plástica como tierra de promisión, el pánico a envejecer es un lugar común que a unos se les nota más que a otros, que unos combaten y otros pretenden olvidar, pero que al fin de cuentas padecemos lo mismo las mujeres que los hombres, aunque estos últimos crean disimularlo mejor.

Le tememos al tiempo cuando empezamos a despertar con la espalda torcida o la cabeza marcada, con un dolor a medio estómago que no tiene su causa en un atracón sino en un pedazo de queso, con un callo como el de las tías o un dedo chueco como el del abuelito. Le tememos al tiempo cuando al vernos en el espejo nos encontramos con la misma expresión de un pariente que ya murió, cuando nuestras amigas empiezan a parecerse cada vez más al recuerdo que tenemos de sus madres, cuando nuestros sobrinos adolescentes nos recuerdan el desparpajo que aún creíamos parte esencial de nuestros primos, cuando de un viaje al otro cambiamos el bikini por el traje de baño, cuando en todas las fotos nos vemos con cara de cansancio, cuando un hombre guapo cruza nuestro paisaje y pensamos en lo mucho que le gustaría a nuestra hija, cuando empiezan a brotarnos en las manos los primeros lunares idénticos a aquellos que poblaban las manos de la abuelita, cuando el destino se vuelve eso por lo que caminaremos, cuando nos brota como un clavel la frase con que felicitamos a un adolescente deslumbrador por lo guapo que se ha puesto.

Casi todos le buscamos la vuelta a las inclemencias del tiempo, casi todos queremos postergar el aviso de muerte que traen los años. Algunos lo consiguen con más eficacia que otros, pero todos los que no morimos jóvenes envejecemos y será mejor hacerlo con donaire y convicción que con litigios inútiles y ridículos inolvidables.

Cuando cumplí cuarenta años di en sentir que no podría yo ser más vieja, que no lo resistirían ni mi vanidad, ni mi cintura. Después, me acostumbré, así como cuando uno bucea en el arrecife cercano a Cozumel y al ir bajando metros hay segundos en los que tiene las certidumbre de que le explotará la cabeza, sin embargo se resiste al impulso de empujar hacia arriba porque intuye que abajo hay un mundo que brilla de un modo nunca visto y un silencio que estremece como la idea del infinito y la eternidad. Entonces, en lugar de volver sigue bajando y, un segundo después, entre las rocas y los extraños peces nadie recuerda que alguna vez sintió dolor.

Tiene sus cosas buenas el camino del tiempo andado, yo pienso en ellas y las recuento cuando quiero negarme a la autocompasión que a veces provocan los cumpleaños.

Con el tiempo, me digo, podré decir todo lo que no he dicho y no tendré que vivir cruzada por el arrepentimiento que me causan las cosas que sí he dicho. Ya hoy, veinte años después de los veinte, me digo que era un cretino el hombre que me quitó el sueño de entonces, sé que algunos de mis maestros no eran genios y que otros eran más bien torpes, me digo y digo que no me gusta cierta literatura y que ni modo, que en el sesenta y ocho estaba yo en la luna en vez de estar en la manifestación del silencio, que en el setenta todavía no había leído Rayuela, que me moría por un pase para la muestra de cine y que a Borges lo empecé a querer con los años.

A veces pienso que la vejez debe ser como las vacaciones, una época de la vida en la que uno se siente con derecho de hacer lo que se le pega su gana. Dormir hasta las once del domingo, por ejemplo. Perder la sensación de que a uno lo vienen persiguiendo, quien sabe quien, una sombra, una ambición o un desconsuelo, pero alguien que nos arrea y no nos deja soltar el cuerpo. Entonces podrá uno dedicar la vida simplemente a estar en ella con la intensa conciencia de que aún nos permanece y aún pertenecemos a su latido extraño y arbitrario. ¿Qué más?

Espero que si me alcanzan los setenta y cinco, los ochenta, los noventa que sueño, dejará entonces de avergonzarme el hecho de que las cosas y los apellidos que van con ciertas caras se me olviden. ¿Más allá del presente y sus desafíos sentiré envidia? ¿Tendré tiempo para peinar los recuerdos que ahora me espanto de la cabeza y las emociones porque quitan el tiempo? ¿Perderé entonces la angustia de que vivo perdiendo el tiempo? Ojalá, me digo, y creo que así será.

Quizá la mejor de todas las cosas que se digna concedernos el tiempo sea la luz con que nos alumbra una ventura cuya fuerza habíamos sido incapaces de mirar. Porque si una dificultad presenta la fortuna es muchas veces la dificultad de mirarla como tal.

Hace unos años, el generoso tiempo me enseño a ver cuan clave era y había sido para mí la presencia al mismo tiempo tímida y drástica de una mujer excepcional.

Desde siempre oí que ella era perfecta, y desde siempre me perturbó escucharlo porque su perfección me parecía una sentencia: si ella era perfecta, yo que era más bien opuesta debía ser un monstruo.

Hasta que el tiempo pasó sobre nosotras y una tarde cualquiera me hizo reír sobre sus hombros con la sentencia como si fuera un conjuro: Eres perfecta -le dije-. Siempre tuvo razón todo el mundo.

Este tipo de cosas regala el tiempo. Por eso, más que temerle habría que venerarlo. No es enemigo de nuestras dichas mejores y todos los días nos puede dar una sorpresa.

Quizás, una mañana, hasta las mil libertades que perdimos con la infancia nos la devuelve el tiempo mejoradas.