lunes, noviembre 03, 2008

Crecer




Hace poco me fuí de campamento con un par de amigos. En una de esas vueltas mi amiga volvió a reiterar su recurrente mal, aquello que ella llama "conflicto con el mundo adulto". En realidad basta con prestar atención a sus múltiples -y sonoras- manifestaciones de asombro o sus añoranzas, casi cotidianas, por tomar cervezas en el pasto de la universidad en la que estudió el pregrado y hoy le cobija el postgrado que ya termina, para darse cuenta de que ese conflicto es una constante en su vida.


¿Será por todo eso que nos hizo cometer la locura a tres jóvenes serios, responsables (já!) y que hasta hace un par de años eran unos perfectos desconocidos, de dormir dos noches seguidas en la mismísima naturaleza? No lo sé, pero es probable.

En un principio yo me identificaba con su "conflict" haciéndola parte de mi historia. Desde que tengo 14 años que me señorean en la calle, siempre he podido ingresar a las discotecas cuando era menor de edad y mi hermano mayor (por 5 años) se quedaba fuera buscando su carnet, nunca en mi vida había tenido amigos menores que yo, siempre fuí la "feta" de todos los grupos, nunca en mi vida he tenido una pareja seria menor de 30 años.

Hasta el otro año...

Que empecé a conocer chicos y chicas exitos@s de menor edad que yo, empezaron a ser mis amigos, que empezó a molestarme que me señorearan por la calle, que me siento halagada si me piden carnet en un lugar, y hasta puedo decir que estoy pensando seriamente en pedirle a un niño !2 años menor que yo! que salga conmigo.

Y eso que 26 años no son nada.

Sin embargo he pensado seriamente durante todo el día en si podría volver exactamente un año para atrás, aquél mes en que no entiendo como pude ser tan pero tan feliz. Y la respuesta es contundente: NO. Ni un año, ni dos, ni cinco, ni diez, ni todos para atrás.

Pues con el tiempo he aprendido a devolverme, con maestría, hacia mis recuerdos y cada día aprendo a hacerlo mejor, y aquello que era un recuerdo puro y duro a medida que es más masticado se vuelve mejor, le voy agregando una canción, una frase, un poema, un libro; mientras más me esfuerzo en estar donde ya estuve, mejor se vuelve ese añorado lugar al que sé que nunca termino de llegar.

Sé bien que a ese lugar no se puede volver, no hay cómo, sólo voy, sólo estoy yendo.

Y hay cosas que la "adultez" quita pero a la vez regala otras tantas.

Pienso, por ejemplo, en la Valentina, quien hace casi 3 años me destronó del lugar de hija menor, la regalona de la casa. Y cada vez que la veo me alegro de que así haya sido ahora no seré, para ella, la hermana celosa con la que pelea por los juguetes y los cariños, sino todo lo contrario, seré la hermana que sabe de memoria con que libro debe empezar a enseñarle a leer, cuál debe abrir a los 13,a los 14, a los 15, hasta los 26 (esos que yo vengo leyendo a destiempo).

Pienso que en la "adultez" también he transformado a mi mamá. Ya no es, ella, la ogra que espanta a mis amigos; sino la mujer joven que se toma varios vinos con su hija (aunque lo deteste) y por quien los amigos preguntan siempre.

Pienso que la "adultez" me va permitiendo darle consejos a mi papá, retribuirle de esta forma los miles de consejos con los que soy la mujer que ahora me gusta ser.

Pienso que ahora, en la "adultez", cuando mi perro killer se vaya al cielo de los perros, le daré un beso de partida por habernos hecho tan feliz en vida, no lloraré egoístamente pensando que es el fin del mundo como cuando se fue mi primer perro.

Ya no sólo pienso, sino que sé con certeza que tomar té con caucas con mi papá vale más que salir con el chico más churro de La Paz city. Sé, también, que no me cuesta nada cerrar la compu si alguien que me necesita quiere hablar conmigo -el trabajo/estudio siempre espera-, sé que no cuesta nada no contestar el teléfono si es que estás donde quieres estar, sé que puede estar apagado sin miedo a que te estés perdiendo algo. Sé que puedes, también, no contestarlo si, simplemente, no te la gana, la gente que te quiere sabe entenderlo. Sé que si te da la gana de llamar a alguien porqe soñaste con esa persona hay que hacerlo. Sé que las despedidas son tan lindas como las bienvenidas. Sé que los rituales son importantes.

Estoy segura que río más, lloro más, escribo y leo más, beso y me besan más, me gustan más los globos y los papalotes, juego más, canto cada día más alto y con más pasión, bailo más a menudo en la calle, me quedo más seguido a charlar con gente en las aceras, veo más películas, sueño más y recuerdo más mis sueños, disfruto más mis momentos solas y valoro mucho más a mi familia.

Y si bien a veces me acuerdo de él y me dan ganas de volver, sé que ahora es mío ya no de aquella jovencita que desde los 22 años sólo sabía verlo como un imposible. Ya sé que lo imposible es posible y una vez que lo es no se queda en las manos para siempre, pero si en el corazón y en la mente, ahí si, ahí si para siempre.

Volteo poquito para atrás y nada de esto pasaba cuando tenía, digamos, 20 años.

Y sonrío en complicidad conmigo misma. Recién voy en la tercera parte de este camino.



Pd.
Clau, esta es la canción que te prometí. Y te regalo, además, el ensayo que viene abajo, es el que me inspiro todo este rollo.
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Don del Tiempo

(Ángeles Mastretta)

Le tememos al tiempo porque nos desgasta con su diaria cercanía, igual que hace el agua con las piedras a las que lame disimulada y constantes todo el día y todos los días.

Desde las épocas en que se hizo famosa la fuente de la eterna juventud hasta las cremas francesas con liposomas, desde el espejo y las pociones de la madrastra que odiaba a Blanca Nieves hasta la gimnasia como deber religioso y la cirugía plástica como tierra de promisión, el pánico a envejecer es un lugar común que a unos se les nota más que a otros, que unos combaten y otros pretenden olvidar, pero que al fin de cuentas padecemos lo mismo las mujeres que los hombres, aunque estos últimos crean disimularlo mejor.

Le tememos al tiempo cuando empezamos a despertar con la espalda torcida o la cabeza marcada, con un dolor a medio estómago que no tiene su causa en un atracón sino en un pedazo de queso, con un callo como el de las tías o un dedo chueco como el del abuelito. Le tememos al tiempo cuando al vernos en el espejo nos encontramos con la misma expresión de un pariente que ya murió, cuando nuestras amigas empiezan a parecerse cada vez más al recuerdo que tenemos de sus madres, cuando nuestros sobrinos adolescentes nos recuerdan el desparpajo que aún creíamos parte esencial de nuestros primos, cuando de un viaje al otro cambiamos el bikini por el traje de baño, cuando en todas las fotos nos vemos con cara de cansancio, cuando un hombre guapo cruza nuestro paisaje y pensamos en lo mucho que le gustaría a nuestra hija, cuando empiezan a brotarnos en las manos los primeros lunares idénticos a aquellos que poblaban las manos de la abuelita, cuando el destino se vuelve eso por lo que caminaremos, cuando nos brota como un clavel la frase con que felicitamos a un adolescente deslumbrador por lo guapo que se ha puesto.

Casi todos le buscamos la vuelta a las inclemencias del tiempo, casi todos queremos postergar el aviso de muerte que traen los años. Algunos lo consiguen con más eficacia que otros, pero todos los que no morimos jóvenes envejecemos y será mejor hacerlo con donaire y convicción que con litigios inútiles y ridículos inolvidables.

Cuando cumplí cuarenta años di en sentir que no podría yo ser más vieja, que no lo resistirían ni mi vanidad, ni mi cintura. Después, me acostumbré, así como cuando uno bucea en el arrecife cercano a Cozumel y al ir bajando metros hay segundos en los que tiene las certidumbre de que le explotará la cabeza, sin embargo se resiste al impulso de empujar hacia arriba porque intuye que abajo hay un mundo que brilla de un modo nunca visto y un silencio que estremece como la idea del infinito y la eternidad. Entonces, en lugar de volver sigue bajando y, un segundo después, entre las rocas y los extraños peces nadie recuerda que alguna vez sintió dolor.

Tiene sus cosas buenas el camino del tiempo andado, yo pienso en ellas y las recuento cuando quiero negarme a la autocompasión que a veces provocan los cumpleaños.

Con el tiempo, me digo, podré decir todo lo que no he dicho y no tendré que vivir cruzada por el arrepentimiento que me causan las cosas que sí he dicho. Ya hoy, veinte años después de los veinte, me digo que era un cretino el hombre que me quitó el sueño de entonces, sé que algunos de mis maestros no eran genios y que otros eran más bien torpes, me digo y digo que no me gusta cierta literatura y que ni modo, que en el sesenta y ocho estaba yo en la luna en vez de estar en la manifestación del silencio, que en el setenta todavía no había leído Rayuela, que me moría por un pase para la muestra de cine y que a Borges lo empecé a querer con los años.

A veces pienso que la vejez debe ser como las vacaciones, una época de la vida en la que uno se siente con derecho de hacer lo que se le pega su gana. Dormir hasta las once del domingo, por ejemplo. Perder la sensación de que a uno lo vienen persiguiendo, quien sabe quien, una sombra, una ambición o un desconsuelo, pero alguien que nos arrea y no nos deja soltar el cuerpo. Entonces podrá uno dedicar la vida simplemente a estar en ella con la intensa conciencia de que aún nos permanece y aún pertenecemos a su latido extraño y arbitrario. ¿Qué más?

Espero que si me alcanzan los setenta y cinco, los ochenta, los noventa que sueño, dejará entonces de avergonzarme el hecho de que las cosas y los apellidos que van con ciertas caras se me olviden. ¿Más allá del presente y sus desafíos sentiré envidia? ¿Tendré tiempo para peinar los recuerdos que ahora me espanto de la cabeza y las emociones porque quitan el tiempo? ¿Perderé entonces la angustia de que vivo perdiendo el tiempo? Ojalá, me digo, y creo que así será.

Quizá la mejor de todas las cosas que se digna concedernos el tiempo sea la luz con que nos alumbra una ventura cuya fuerza habíamos sido incapaces de mirar. Porque si una dificultad presenta la fortuna es muchas veces la dificultad de mirarla como tal.

Hace unos años, el generoso tiempo me enseño a ver cuan clave era y había sido para mí la presencia al mismo tiempo tímida y drástica de una mujer excepcional.

Desde siempre oí que ella era perfecta, y desde siempre me perturbó escucharlo porque su perfección me parecía una sentencia: si ella era perfecta, yo que era más bien opuesta debía ser un monstruo.

Hasta que el tiempo pasó sobre nosotras y una tarde cualquiera me hizo reír sobre sus hombros con la sentencia como si fuera un conjuro: Eres perfecta -le dije-. Siempre tuvo razón todo el mundo.

Este tipo de cosas regala el tiempo. Por eso, más que temerle habría que venerarlo. No es enemigo de nuestras dichas mejores y todos los días nos puede dar una sorpresa.

Quizás, una mañana, hasta las mil libertades que perdimos con la infancia nos la devuelve el tiempo mejoradas.






5 Comentarios:

At 4:37 a. m., Blogger Vania B. dijo...

La magia de la experiencia de todo lo vivido compensa (en mi caso) las arrugas, las canas y las ojeras. No había sido tan malo crecer después de todo.

Un gran abrazo, como siempre Vero Vero.

 
At 9:12 a. m., Anonymous Anónimo dijo...

Crecer es parte del camino de dejar de mirar hacia atrás...

 
At 5:51 a. m., Blogger La Vero Vero dijo...

DESAFÍO A LA VEJEZ
Gioconda Belli


Cuando yo llegue a vieja
-si es que llego-
y me mire al espejo
y me cuente las arrugas
como una delicada orografía
de distendida piel.
Cuando pueda contar las marcas
que han dejado las lágrimas
y las preocupaciones,
y ya mi cuerpo responda despacio
a mis deseos,
cuando vea mi vida envuelta
en venas azules,
en profundas ojeras,
y suelte blanca mi cabellera
para dormirme temprano
-como corresponde-
cuando vengan mis nietos
a sentarse sobre mis rodillas
enmohecidas por el paso de muchos inviernos,
sé que todavía mi corazón
estará -rebelde- tictaqueando
y las dudas y los anchos horizontes
también saludarán
mis mañanas.

 
At 1:01 p. m., Anonymous xime dijo...

te quiero hermana...con mis pocas canas y mis muchos abrazos pendientes aun por dar...te quiero siempre...

 
At 7:20 p. m., Blogger La Vero Vero dijo...

Vania: Gracias por pasar siempre por acá, che! No es malo crecer para nada...todo se compensa, se equilibra al fin...Otro abrazote!

Anónimo: Si pues

Xime: Hermana de mi vida y de mi corazón!!!!!! jejejeje yo te quiero más que siempre, tengo tantas ganas de verte :)

 

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