Deslumbramientos
Mi cómplice y todo:
que urgente es recuperar
lo que (no) fue y no será más.
Que urgente reemplazarte por tí mismo/
que urgente reinventarte/
que drámatico haber olvidado como.
El principio de la mayoría de las cosas, debe ser lo mas bonito de ellas. El realizar algo es a la vez un principio y un final. Un principio incierto, papel en blanco, límpido sendero. Un fin de la espera, de las ansias, de lo imaginado.
A veces –y podría jurarlo- me gustan más las esperas, a tal punto que me duele cuándo algo comienza; me conmueve verme a mí misma llena de expectativas, sin conocimiento de nada, plena de esperanzas, de sueños, de utopías, pues en el momento pleno de la realización de ese algo uno tiene que bancarse el sueño (o pesadilla), lo imaginado, pasito a pasito, esfuerzo con esfuerzo y ya está ahí y el tiempo – como tiempo que es- vuela y de pronto, lo esperado llega a su final.
Los comienzos son maravillosos, especialmente cuando uno se deslumbra a cada pasito, quedarse maravillado con las cosas pequeñas y tontas (por lo mismo gigantes) que alguien o algo (un libro, un autor, un cantante, un nuevo trabajo) te brinda en un principio. Por ejemplo: ¿a ti también te gusta Pedro Guerra? ¡Si es mi novio!. ¿Amas México? Igual que yo. ¡No te puedo creer que conozcas a Virgilio Ferreira!. Si, a mi tampoco me gusta Vargas Llosa. ¡Exacto! yo tampoco tomo coca-cola, es mejor el vino. Yo también le voy al Barça y al Boca.
Y claro, aquellos nostálgicos de vocación, nos dedicamos horas (y a veces días) a repensar aquellos momentos maravillosos en que las estrellas por algún motivo se alinean y te conceden un espacio, en este acelerado mundo.com, para hablar bajito, mirar fijamente y llegar a la cama deslumbrada de que la maravilla aún existe, es cuestión de buscarla, con suerte encontrarla.
Es cierto uno no vive de nostalgia, de vino tal vez, pero de nostalgia no. Pero la misma añoranza a la nostalgia, la nostalgia de la nostalgia existe. Y se presenta impertinente, cuando las aguas calmas rodean nuestro espacio, cuando la felicidad convive con nuestras noches y nuestras letras. Es, por naturaleza y definición, irreverente y alevosa.
Ángel González (otro de esos deslumbramientos, esta vez simultáneo) dice: “Es la felicidad lo que hoy lamento/No el dolor verdadero/que enmudece/sino esa sutil forma de tristeza/que es apenas nada/más que ausencia de dicha”
El lado bueno es que cualquier rebelde que reniegue de vivir la vida de forma horizontal (tal cual está establecido) puede saltar de momento en momento, que existen sin hacerlo, que sobreviven al tiempo y al espacio, que son siempre moradas seguras. La canción de Augusto Blanca (El tercer Deseo) habla de ese inmenso poder de convocar a esa persona que conociste en ese momento, de volver ahí, de esperar petrificado en el pedazo de noche en que tropezamos, tú y yo. De que esos momentos, el decir el tiempo toma forma y existe.
El lado triste de algunos deslumbramientos es que no volverán a pasar jamás, al menos no de la misma forma (aunque quién sabe en otra vida) pero mientras, solo queda la añoranza, de ese primer día, de ese primer beso, de ese primer abrazo, de aquella primera lágrima. Añoranza que se pone en la balanza y nos permite ver que tuvimos suerte de ser maravillados, y que la posibilidad de seguir siéndolo es infinita, pero a la vez incierta, lo cuál hace que nos aferremos –y fuerte- a las añoranzas primeras y nos vayamos a la cama solos, a abrazar el fantasma de alguna nostalgia.






Kamchatka : Un lugar para resistir.








