“Chau hermano policía, chau, chau”
Los conflictos por la posesión de la tierra son (en realidad nunca dejaron de serlo) pendientes constantes en la mayoría de las sociedades. No pasó en 1953, ni en 1996 y los campesinos y pueblos indígenas (esos vigías constantes de la dignidad, precisamente porque saben lo que es tenerla mellada) nos lo recordaron una vez más este año, con este gobierno, en esta sociedad cambiante, con este presidente indígena, sobre esta cama de esperanzas en un mañana mejor.
Y es que independientemente de los aspectos técnicos que rodean la nueva ley –que ofrece cambios radicales- o de la forma en la que fué aprobada –digno de estudio político- recolectar en la memoria y en el corazoncito algunas imágenes de la marcha indígena por la tierra, es de alguna manera, la forma más humilde de hacer -o al menos intentarlo- una suerte de ofrenda a aquellos marginados de siempre, que tal vez sin saberlo hacen las veces de guardianes de la dignidad de toda una nación, y aunque –algunos intentos racistas, recalcitrantes, anacrónicos- intenten disminuir su humanidad, ellos hacen tanto por nosotros que a veces uno no sabe como agradecérselos y solamente se banca las gargantas anudadas y esito sería.
2 muertos, 11 heridos, 28 días de marcha, 5 marchas indígenas, 16 años marchando son solamente algunas cifras a través de las cuáles se puede entender (si es que realmente eso es posible, sino, se hace el intento) lo que implicó/implica la lucha indígena por la tierra, lo cuál hace que las escenas vividas en estos últimos 28 días y el día de ayer hayan sido realmente: 1) históricas 2) simbólicas 3) intensas 4) altamente humanas.
A pesar de todo aquello que se dice (decimos) acerca de nuestra sociedad boliviana, es realmente increíble la solidaridad con la que aquellos que tenemos damos a aquellos que buscan, simplemente, nuestro apoyo, nuestra mano. De alguna forma en la marcha indígena se mostraron (nuevamente) todas las caras de nuestras enormes carencias como sociedad, pero también nuestras fortalezas morales: durante la marcha, en Cochabamba, por último en La Paz (cabe recalcar las grandes intenciones que quedaron ya que nadie se creía que la marcha iba a lograr su resultado tan súbitamente).
Los rostros cansados, los pies avejentados(unas abarcas del tiempo), la gente enferma, los niños en carritos ya casi sin ruedas, dos madres que dieron a luz durante la marcha, un ají de fideo, una avenita en Quillacollo, una whipala, un cóndor adorable, muchas hojas de coca, vestimentas alucinantes por su colorido y diseño, espejos, un perro vagabundo sonriendo, polleras, refresquito y cigarros, cajas de pollo copacabana, rostros y más rostros que resumen una historia, una nación; por último, un presidente en balcones de palacio de gobierno saludando a un pueblo que se había apropiado (como debió ser siempre, como no fue casi nunca) de una plaza principal, centro del poder boliviano, y de sonido victorioso un “viva mi patria Bolivia”.
Esas, todas ofrendas, son solamente algunos destellazos de las imágenes que pueden, si uno es un simple observador, dar simples muestras de que algunas cosas no se han perdido, existen. Que las cosas se logran, aunque cuesten. Que la lucha por la vida sigue, y se la hace cada día.
Me quedó con una simple frase que le dijo un campesino a un policía (si, esos antiguos represores que tenían que alzar el arma en contra de los suyos) en plena plaza Murillo (si, esa teñida de historia – y otras cosas-) al despedirse, pues él ya retornaba a su pueblo con una esperanza de justicia, materializada en una nueva ley. Lo miró a los ojos y, alzando la mano, grito: chau hermano policía, chau, chau.
Y entonces, dígame usted: si ese sencillo acto no le devuelve la dignidad a la humanidad, al boliviano, entonces que?



Kamchatka : Un lugar para resistir.








