
Ante la inusual ausencia de propaganda política en la capital argentina, producto del resignado/asumido resultado de la contienda electoral por la presidencia que terminaría otorgando la victoria a Cristina Fernández de Kichner, un bonaerense comenta: “Pareciera que el futuro presidente va a ser Soda Stereo” en tanto el aparataje publicitario del esperado retorno de la banda argentina inundaba no solo Argentina, sino todos los países latinoamericanos que el grupo había incluído en su gira. Por mi parte, decidí votar por Soda.
31 de octubre. 19:00 horas. Santiago ahogado en calor pero con guiño de aguacero. Volando -es decir a ritmo santiaguino- llegaría con 15 minutos de retraso a la torre Entel, para encontrarme con la Glenda, tomar el colectivo y ver la forma de llegar hasta el Stadium Nacional (aquél espantoso escenario de las atrocidades cometidas por Pinocho). Tacos (trancaderas), una micro, otra, Transantiago –toda la vida Transantiago- llegaríamos invictas a las puertas del Nacional con las entradas en la mano, de entrada fácil, nos deslumbraría la cantidad de gente reunida para ver al legendario trío representante del rock argentino.
Es una buena ubicación, pienso, con mi renovado optimismo, tratando de enchinar los ojos para alcanzar a divisar el escenario. Ceratti seguro se verá…del tamaño de…mi meñique, la uña de mi meñique. 21:20 se apagan las luces y el grito de todo el nacional vestiría de euforia lo que estábamos a punto de presenciar. Yo no gritaba mucho, tenía aún en la mente la voz (¿se puede llamar a aquel hilito cuasi-sonoro, voz?) de mi amiga Claudia, de la maestría, el fin de semana anterior. Pero “Sobredosis de Tv” encendería mi voz-consecuencia en todos su tonos ¡Apágalo, enciéndelo! No puedo seguir así… (encendamos las voces, apaguemos la tele, acostémonos, no podemos seguir así) Y comenzó la sabrosura. Luego vendrían, con todas y cada una de sus notas-rock las clasiconas: “la ciudad de la furia”, “persiana americana”. ¡Luz, cámara, acción! probamos del potente “Zoom” (mi acero inolvidableeeeeee).
Al entrar al concierto la Glen me preguntó si tenía fuego yo, en mi tradicional pensamiento le respondería casi en tono de broma, pero Glen si estos chicos tocan rock, no va a ser necesario prender fueguito. Calladita me dejarían los Soda al pedir que todos encendiéramos lo que tuviéramos a mano para cantar “Fue”, así: calladita, alzaría mi puchito y las manitas de un lado al otro. El reventón, por supuesto, vendría con “cuando pase el temblor”. Santiago sabe, y mucho, de temblores; pero eso debe ser porque está ciudad sabe saltar, efectivamente al ritmo de “¡hay una grieta en mi corazón!” tembló hasta el Mapocho.
Claro está que los Soda son unos maestros, unos monstruos, los non-plus-ultra del rock argentino, el yanoya de la música-nostalgia de la época que nos fue ayer. Pero la producción del concierto se llevo la estrella, era como tenerlos a dos metros de distancia, con las gigantes pantallas que se habían instalado y la impecable coordinación de escenografía, cámaras, luces, el show fue un espectáculo aparte. Que manera de rockear y cantar, Ceratti es como el vino, cada vez se ve y oye mejor. “Telekinesis”, “Hombre al agua”, “PIC-NIC”. Saltaríamos por, alrededor de 2 horas y cuarenta minutos.
Los soda habitan, ahora, en mis oídos y en mis ojos, forman, ya, parte de mi inventario de locura-grito, recuerdo necesario para afrontar la cúspide de la montaña rusa emocional que guía mis sentires. Solo me queda hacer eco a la voz-trazo de mi inagotable amigo Liniers. Soda: ¡Gracias Totales!.
(Gordito, que sepas que pensé en vos en cada canción, sino te llame es porque estaba…saltando! jeje. Y si, te perdono si algún día ves a Silvio)
(Sobre el tema: una promesa. Escribiré, prontito, sobre otro genio que vi (3 veces) la anterior semana: el maestro Santi Feliú y me debo apurar porque ya llegan Sabina y Serrat. Si pues, Santiago había tenido sus cosas)